lunes, 6 de febrero de 2017

Sin emoción no hay aprendizaje. Enciéndeles la amígdala a tus alumnos.

Al hilo de mi sesión de clase sobre “el proceso de enseñanza-aprendizaje”, que imparto en los cursos de aptitud pedagógica, quería dejar constancia de algunas reflexiones, para ahondar aún más en lo que en dicha sesión trato de transmitir.


Según el medio o el modo en que se presenta el aprendizaje, éste puede ser cognitivo o emocional. El aprendizaje cognitivo conlleva un alto consumo de energía, ya que requiere de una atención selectiva y sostenida y repetición constante para su almacenamiento; es un proceso lento y lo aprendido bajo este procedimiento se olvidará con facilidad. En cambio, el aprendizaje emocional no genera ningún gasto energético, es un aprendizaje automático, los conocimientos se adquieren rápidamente y permanecen en el tiempo. Está claro que nuestro cerebro prefiere un aprendizaje que le suponga menos gasto energético, porque así está programado desde hace millones de años.




Las emociones están presentes en cualquier interacción humana y la situación de aula no va a ser una excepción. Es necesario que encendamos la amígdala de nuestros alumnos. Huyamos de las clases magistrales. La adquisición de conocimiento necesita motivación y esta no se consigue de forma pasiva, sino que debe conllevar una actitud activa. Actitud activa por parte del profesor, pero también por parte del alumno. 

Si el profesor es capaz de motivar al alumno, estaremos en disposición de poder dar el segundo paso en ese proceso de enseñanza-aprendizaje: captar su atención. El alumno debe tomar parte activa en el aula, pero para ello el profesor debe tratar de captar su atención y despertar su interés; y ello depende mucho de la forma de presentar la información a transmitir, de la metodología empleada y de la “gestión” de aula que se lleve a cabo.

Si el alumno no presta atención, no es posible que se produzca aprendizaje. Sorprender con un dato, lanzar una pregunta, contar una anécdota, arrancar con una afirmación chocante, contar un chiste… son algunas de las estrategias que podemos emplear en este sentido. Las emociones pueden ser nuestras aliadas para un buen inicio de sesión. Pueden ser un potente detonador que predisponga positivamente. Su gran poder también está en su facilidad de contagio (recordad el video que pongo sobre el poder de las emociones en la situaciones de risa contagiosa). Su gestión y adecuado manejo está en manos del profesor.

Busquemos un aprendizaje fomentando las emociones positivas y el placer. Si el alumno está bajo estrés, es imposible que aprenda. El estrés altera el patrón de conexiones neurales. Luego, no se deben fomentar ambientes de tensión en el aula. Un cerebro menos capaz de gestionar sus emociones, no es un cerebro idóneo para que se produzca aprendizaje; porque es menos capaz de gestionar la información almacenada en la memoria y menos capaz de tomar decisiones acertadas ante cualquier situación de resolución de problemas. Recordad la forma de explicaros en qué consiste la inteligencia emocional: a través de la indagación sobre quién cogería los 1000€, y a través del video del experimento de la golosina de Walter Mischel, en lugar de a través de una clase magistral “infumable” y sobrecargada de contenidos. 


En general, la educación actual que impera en este país padece de bulimia. Se trata de ingerir cantidades inmensas de contenidos, para luego “vomitarlos” en un examen. Pero, la mejor manera de aprender no es memorizando de forma pura y dura. Está  demostrado que aprendemos más de lo que hacemos, que de lo que leemos o escuchamos (cono de Edgar Dale). El cerebro aprende más cuando ve una utilidad práctica a la información que recibe. El cerebro no aprende por memorización sino por contextualización y ello requiere esfuerzo por parte del docente. Huyamos de las clases magistrales y fomentemos otras metodologías, como el aprendizaje basado en problemas, el estudio de casos, el trabajo por proyectos, etc.

También es cierto que aprendemos por imitación. Tenemos la capacidad de imitar porque disponemos de un conjunto de neuronas especializadas, las denominadas neuronas espejo. Estas, permiten reflejar en nuestro interior aquello que vemos fuera. Adoptamos los gestos y posturas de otros, de manera inconsciente, cuando observamos a un referente para nosotros, cuando compartimos las mismas ideas, cuando anhelamos ser como él; pero también nos contagiamos a nivel de motivación, de creatividad y de emociones. Pues bien, parece ser que empleando el aprendizaje colaborativo se aprende más. Se aprende más en conjunción con los demás que individualmente. Hay que fomentar la cooperación en el aula porque se activan esas neuronas espejo. Además, un tipo de educación individualista y competitiva, no es reflejo de lo que se encontrará el alumno cuando trabaje en una empresa, donde lo que va a primar es alcanzar logros como equipo y no individualmente.

Hoy en día se habla de neuroeducación, incluso de neurodidáctica. Pues bien, si tenemos en cuenta las aportaciones de la neurociencia, diversas investigaciones científicas han puesto de manifiesto que para la adquisición de información novedosa, el cerebro tiende a procesar los datos desde el hemisferio derecho, más relacionado con la intuición, la creatividad, la percepción de expresiones faciales (emociones)  y las imágenes. Si esto es así, entonces, el procesamiento lingüístico (controlado por el hemisferio izquierdo) no es el protagonista. Es decir, que la clase magistral, la charla del profesor “apolillado”, no funciona.

Recordad también lo que trato de transmitir en mi sesión sobre la comunicación en el aula: que la expresión facial, los gestos corporales y el contexto, desempeñan un papel muy importante en el aprendizaje, ya que contribuyen a captar y mantener la atención del alumno y a la comprensión del mensaje. En este sentido, recordad los experimentos sobre la capacidad de recuerdo de los niños que visualizaron los dibujos animados cuando el relator hizo uso de todo tipo de gestos ilustradores y emblemas, frente a la situación en la que permaneció inmóvil.

Como planteaba en una entrada anterior, seguimos aferrados a un sistema de enseñanza tradicional, empleando métodos tradicionales, basados en clases magistrales, memorización y exámenes escritos. A todos los implicados en la enseñanza nos queda mucho por hacer que esto cambie, pero ladrillo a ladrillo se construyen edificios sólidos y duraderos. La sustancia gris para ello, y no me refiero ahora al cemento, es cosa del alumno.

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